De quien será la suerte
Los 5 caminaron hacia las tinieblas, se fueron al costado del hotel a la arena. Estando ya seguros de que la oscuridad y la playa disimularían sus actos, Tomas sacó el paquete. Si bien la acción de irse hacia un lugar más recatado era un mero formalismo, nadie lo dejaba de hacer. Todos sabían a que su alejaba un grupo de gente en la oscuridad, nadie dejaba de reconocer el característico olor. Todos lo notaban, se trataba de un secreto a gritos, era parte de una convención implícita.
Mauro, Malek y los demás ya estaban establecidos en el pueblo de Máncora, se fueron a un hotel cerca de la playa en la que les dijeron que se armaría la fiesta más tarde. Estaban todos ellos ya en una gran mesa, se habían juntado con unos patas de Bencho. El conglomerado reía y tomaba. Desde el Absolut y el José Cuervo, pasaron al Bacarat y 3 Pasitas, todo era parte del lugar. La independencia les gustaba a todos, pero de pronto toda esa armonía se vino abajo, todo aquel espacio seguro y cómodo se desmorono de una manera estrepitosa, pues entro, como acto desconcertante, un grupo de chicas y se sentó en la mesa del costado. Increíblemente el número de chicas era casi el mismo que el de ellos.
Todas ellas usaban el mínimo necesario de ropa, como para no parecer otra cosa. Hacían gala de las horas de gimnasio, demostraban la eficiencia de ciertas privaciones alimentarías y daban razón de los incontables litros de agua que tomaban al día. Pero sobre todo lo que más notaban era que ninguna de ellas era conocida.
Los ánimos de la mesa cambiaron súbitamente todos queriendo hacerse notar, pretendiendo no importarles tamaño acontecimiento. Ellas completamente circunspectas ninguna daba señales de notar la multitud enardecida en la mesa contigua. Todas queriendo creer que son las más bonitas, siempre riéndose entre ellas y sin si quiera dejar suelta una mirada hacia la otra mesa. Ellos sacando pecho, cada uno quería verse más vivo que él otro. Se iniciaba así una patética danza de cortejo.
En la mesa surge la discusión: Bencho pregunta como la van a hacer, todos se hacen los desentendidos, pero de pronto se levantan Mauro, Malek y Pericles. Los tres se acercan al unísono a la mesa del costado. Si bien ellos se convierten en los héroes de algunos, también son envidiados por otros, los cuales les desean el fracaso.
Las saludan, les hablan sobre cualquier cosa totalmente superficial. Mientras tanto la música tonera suena a todo volumen dificultando cualquier conversación y demostrando que es una pérdida de tiempo. Ninguna parece prestarles atención. Intentan hacerse los chistosos y empiezan a caer espesos. Pericles en un acto de desesperación trata de adoptar el papel del seguro del grupo, entonces jala una silla y se sienta junto a una de ellas. Lo fulminan con la mirada de desprecio e indiferencia. Ellas no dan lugar a las sonrisas y los argumentos se están acabando, ya falta poco para comenzar a repetir el dialogo.
Justo en ese momento los cinco que se fueron a la playa a lanzar, regresan. Tomás, Santiago, Elmac, Sátiro y Braulio, llegan al lugar. Sin detenerse a saludar a los patas, regla fundamental en toda relación entre amigos, se reúnen aparte y hablan sobre la escena. Diseñan un plan descabellado y lo intentan llevar a cabo.
Los cinco se acercan, toman cada uno de ellos a una chica, le dicen algo así como ven a bailar, obviamente cada uno a su estilo e influenciados por sustancias externas. Las cinco como movidas por un resorte se paran y salen a bailar. Malek los intenta imitar y solo recibe un: no gracias.
Luego de dos canciones, Sátiro lleva a Penélope a la mesa. Todos sabían que él no era buena gente, sabían que no les quería presentar a las amigas. Todo era parte de un intento de vanagloria, mostraba su trofeo. Él creía que la tonta ya había caído. Penélope por su parte sabía de las intenciones de Sátiro, se hacía la inocente así como todas dicen que solo han tenido un enamorado o solo lo han hecho una vez, tal vez es cierto o tal vez no. En el fondo pensaba que Sátiro era solo un payaso para esa noche y no se daba cuenta que era ella la que jugaba con él. Siempre ambos convencidos de que cada cual esta en total control de la situación. Aunque sabemos que el machismo reinante los intenta hacer creer que son unos grandes galanes y conquistadores, los hace creer que ellos han hecho todo el trabajo y que la chica solo atracó.
Ellas creen que son lo suficientemente maduras para manejar a su antojo la situación. Piensan que todo esta bajo control y confían en que el hombre solo esta ahí movido por los ojos, piensan que solo ellas ven más allá. Pero quien sabe quizá solo pasa.
Pero como todo siempre ha funcionado así y seguirá de ese modo, los ritos son siempre iguales. Tanto es así, que cuando nuestros abuelos nos ven, se preguntan así mismos ¿Donde quedo la galantería, que pasó con el encanto? Siempre anhelando el tiempo en el que los caballeros preferían morir antes que ser deshonrados.
En la mesa Sátiro vivía su mundo aparte. Estaba dedicado por entero a Penélope, era tanta la concentración que tenía, que no se logro dar cuenta del estado de su mesa. Ya todos habían ido a la mesa del costado, los que quedaban eran los pocos que no se atrevieron y la historia nunca los recordara como héroes.
En la mesa solo quedaron 3 amigos, tomaban para disimula su estado, trataban por todos los medios de disminuir los logros de los demás. Intentaban encontrarles defectos a todas las chicas y convertían la belleza en un bodrio. No sabían como hacer para sentirse mejor, era tan notorio este estado que en la frente ya se les leía: Envidia.
Sátiro por su parte le hablaba a Penélope sobre el lugar, los dos alababan Mancora por igual. Ambos sentían estar en su elemento, pensaban que ese era su sitio. Ambos veían a ese lugar tan lejano como el paraíso, la negación del hogar. Ambos hablaban de la libertad de poder solo hacer, no preguntar ni comentar, solo hacer.
Cuando ya el tema comenzaba a volverse recurrente, los dos siguieron el protocolo intercambiando datos sobre sus amistades, no falto el manyas a tal persona de tal sitio, apenas contestaba la pregunta inmediatamente la devolvía. Así entre patas y conocidos ambos sonreían.
Siempre acatando las reglas intrínsecas del juego, era cuestión de suerte, no se podía saber si alguno estaba realmente alegre o era un mero formalismo. En realidad daba igual, según Sátiro lo importante era solamente que parezca, no le interesaban las verdaderas intenciones ni naturaleza de la mueca. Él estaba ahí con Penélope y los demás solo intentaban con las amigas. Así que, que más daba la razón de su alegría.
Ella le empezó a hablar de sus amigas, luego de sus amigos y finalmente llego al tema de los ex, con que emoción hablaba ella de Facundo. Como le brillaban los ojos al acordarse de Furier. Lo vivía, lo contaba es más lo sentía, aún podía recrear la presencia de Machelo, lo veía hablando y payaseando a su lado.
Como se achicaba el gran Sátiro, como se encogían las manos y la cabeza. Quizá no era un ratón, pero se veía con lupa. Donde quedo el ostentoso Sátiro, al hablar de la cañasa de Brico, o el intelectual Sátiro al hablar de los poemas de Franchole. Puede ser que en su mundo Sátiro sea un emperador, pero para Penélope, solo era un punto más en la gran colección de búsquedas.Sin embargo solo él lo sabía y los demás aún lo creían héroe. De esta forma se escriben las historias, siempre por el que parezca ganador. Pero los demás aún seguían en el juego de esta forma
Los 5 caminaron hacia las tinieblas, se fueron al costado del hotel a la arena. Estando ya seguros de que la oscuridad y la playa disimularían sus actos, Tomas sacó el paquete. Si bien la acción de irse hacia un lugar más recatado era un mero formalismo, nadie lo dejaba de hacer. Todos sabían a que su alejaba un grupo de gente en la oscuridad, nadie dejaba de reconocer el característico olor. Todos lo notaban, se trataba de un secreto a gritos, era parte de una convención implícita.
Mauro, Malek y los demás ya estaban establecidos en el pueblo de Máncora, se fueron a un hotel cerca de la playa en la que les dijeron que se armaría la fiesta más tarde. Estaban todos ellos ya en una gran mesa, se habían juntado con unos patas de Bencho. El conglomerado reía y tomaba. Desde el Absolut y el José Cuervo, pasaron al Bacarat y 3 Pasitas, todo era parte del lugar. La independencia les gustaba a todos, pero de pronto toda esa armonía se vino abajo, todo aquel espacio seguro y cómodo se desmorono de una manera estrepitosa, pues entro, como acto desconcertante, un grupo de chicas y se sentó en la mesa del costado. Increíblemente el número de chicas era casi el mismo que el de ellos.
Todas ellas usaban el mínimo necesario de ropa, como para no parecer otra cosa. Hacían gala de las horas de gimnasio, demostraban la eficiencia de ciertas privaciones alimentarías y daban razón de los incontables litros de agua que tomaban al día. Pero sobre todo lo que más notaban era que ninguna de ellas era conocida.
Los ánimos de la mesa cambiaron súbitamente todos queriendo hacerse notar, pretendiendo no importarles tamaño acontecimiento. Ellas completamente circunspectas ninguna daba señales de notar la multitud enardecida en la mesa contigua. Todas queriendo creer que son las más bonitas, siempre riéndose entre ellas y sin si quiera dejar suelta una mirada hacia la otra mesa. Ellos sacando pecho, cada uno quería verse más vivo que él otro. Se iniciaba así una patética danza de cortejo.
En la mesa surge la discusión: Bencho pregunta como la van a hacer, todos se hacen los desentendidos, pero de pronto se levantan Mauro, Malek y Pericles. Los tres se acercan al unísono a la mesa del costado. Si bien ellos se convierten en los héroes de algunos, también son envidiados por otros, los cuales les desean el fracaso.
Las saludan, les hablan sobre cualquier cosa totalmente superficial. Mientras tanto la música tonera suena a todo volumen dificultando cualquier conversación y demostrando que es una pérdida de tiempo. Ninguna parece prestarles atención. Intentan hacerse los chistosos y empiezan a caer espesos. Pericles en un acto de desesperación trata de adoptar el papel del seguro del grupo, entonces jala una silla y se sienta junto a una de ellas. Lo fulminan con la mirada de desprecio e indiferencia. Ellas no dan lugar a las sonrisas y los argumentos se están acabando, ya falta poco para comenzar a repetir el dialogo.
Justo en ese momento los cinco que se fueron a la playa a lanzar, regresan. Tomás, Santiago, Elmac, Sátiro y Braulio, llegan al lugar. Sin detenerse a saludar a los patas, regla fundamental en toda relación entre amigos, se reúnen aparte y hablan sobre la escena. Diseñan un plan descabellado y lo intentan llevar a cabo.
Los cinco se acercan, toman cada uno de ellos a una chica, le dicen algo así como ven a bailar, obviamente cada uno a su estilo e influenciados por sustancias externas. Las cinco como movidas por un resorte se paran y salen a bailar. Malek los intenta imitar y solo recibe un: no gracias.
Luego de dos canciones, Sátiro lleva a Penélope a la mesa. Todos sabían que él no era buena gente, sabían que no les quería presentar a las amigas. Todo era parte de un intento de vanagloria, mostraba su trofeo. Él creía que la tonta ya había caído. Penélope por su parte sabía de las intenciones de Sátiro, se hacía la inocente así como todas dicen que solo han tenido un enamorado o solo lo han hecho una vez, tal vez es cierto o tal vez no. En el fondo pensaba que Sátiro era solo un payaso para esa noche y no se daba cuenta que era ella la que jugaba con él. Siempre ambos convencidos de que cada cual esta en total control de la situación. Aunque sabemos que el machismo reinante los intenta hacer creer que son unos grandes galanes y conquistadores, los hace creer que ellos han hecho todo el trabajo y que la chica solo atracó.
Ellas creen que son lo suficientemente maduras para manejar a su antojo la situación. Piensan que todo esta bajo control y confían en que el hombre solo esta ahí movido por los ojos, piensan que solo ellas ven más allá. Pero quien sabe quizá solo pasa.
Pero como todo siempre ha funcionado así y seguirá de ese modo, los ritos son siempre iguales. Tanto es así, que cuando nuestros abuelos nos ven, se preguntan así mismos ¿Donde quedo la galantería, que pasó con el encanto? Siempre anhelando el tiempo en el que los caballeros preferían morir antes que ser deshonrados.
En la mesa Sátiro vivía su mundo aparte. Estaba dedicado por entero a Penélope, era tanta la concentración que tenía, que no se logro dar cuenta del estado de su mesa. Ya todos habían ido a la mesa del costado, los que quedaban eran los pocos que no se atrevieron y la historia nunca los recordara como héroes.
En la mesa solo quedaron 3 amigos, tomaban para disimula su estado, trataban por todos los medios de disminuir los logros de los demás. Intentaban encontrarles defectos a todas las chicas y convertían la belleza en un bodrio. No sabían como hacer para sentirse mejor, era tan notorio este estado que en la frente ya se les leía: Envidia.
Sátiro por su parte le hablaba a Penélope sobre el lugar, los dos alababan Mancora por igual. Ambos sentían estar en su elemento, pensaban que ese era su sitio. Ambos veían a ese lugar tan lejano como el paraíso, la negación del hogar. Ambos hablaban de la libertad de poder solo hacer, no preguntar ni comentar, solo hacer.
Cuando ya el tema comenzaba a volverse recurrente, los dos siguieron el protocolo intercambiando datos sobre sus amistades, no falto el manyas a tal persona de tal sitio, apenas contestaba la pregunta inmediatamente la devolvía. Así entre patas y conocidos ambos sonreían.
Siempre acatando las reglas intrínsecas del juego, era cuestión de suerte, no se podía saber si alguno estaba realmente alegre o era un mero formalismo. En realidad daba igual, según Sátiro lo importante era solamente que parezca, no le interesaban las verdaderas intenciones ni naturaleza de la mueca. Él estaba ahí con Penélope y los demás solo intentaban con las amigas. Así que, que más daba la razón de su alegría.
Ella le empezó a hablar de sus amigas, luego de sus amigos y finalmente llego al tema de los ex, con que emoción hablaba ella de Facundo. Como le brillaban los ojos al acordarse de Furier. Lo vivía, lo contaba es más lo sentía, aún podía recrear la presencia de Machelo, lo veía hablando y payaseando a su lado.
Como se achicaba el gran Sátiro, como se encogían las manos y la cabeza. Quizá no era un ratón, pero se veía con lupa. Donde quedo el ostentoso Sátiro, al hablar de la cañasa de Brico, o el intelectual Sátiro al hablar de los poemas de Franchole. Puede ser que en su mundo Sátiro sea un emperador, pero para Penélope, solo era un punto más en la gran colección de búsquedas.Sin embargo solo él lo sabía y los demás aún lo creían héroe. De esta forma se escriben las historias, siempre por el que parezca ganador. Pero los demás aún seguían en el juego de esta forma